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jueves, 15 de junio de 2017

La mujer insumergible


A Margaret Tobin Brown le gustaba que la llamaran Maggie.
 
 
Así lo hacía su familia desde que naciera en julio de 1867 en un pueblecito de Misuri. Sus padres eran unos inmigrantes irlandeses cuya economía siempre andaba mal. Por eso la niña tuvo que dejar la escuela, que adoraba, y ponerse a trabajar en una fábrica tabacalera. Dicen que fue allí donde aprendió a protestar por las injusticias que se cometían con los obreros. Y a cabrearse, sobre todo, por el trato que se les daba a las mujeres. Desde muy pequeña tuvo un interés especial en cultivarse porque pensaba que con ello podría prosperar en la vida. Soñaba con tener una biblioteca enorme en una casa donde además hubiera cuadros, esculturas y todo aquello que pudiera satisfacer sus anhelos culturales. Para ello, planeaba casarse con un millonario, pero antes de conocerlo, decidió que podría intentarlo por sí misma y se marchó a Colorado, donde había minas de plata en las que poder trabajar.

Tenía 18 años cuando dejó el pueblo natal en compañía de un hermano y una hermana. Mientras él trabajaba en una de las minas, ella se empleó como dependienta en una tienda. La ciudad donde se instalaron, Stumptown, era una comunidad de casitas ocupadas por los mineros, los comercios que estos utilizaban y las oficinas de las compañías. Maggie era tan sociable que enseguida hizo multitud de amigos, a los que siempre trató de adoctrinar en la teoría de que los obreros debían exigir sus derechos. Tal vez fue entonces cuando empezaron a llamarla Molly.
 
 
Conoció a James Brown en la tienda. Su Jim, con el que coincidía en la sangre irlandesa y en la pobreza. Trabajaba en la mina y por supuesto no era el candidato ideal para sus sueños. Sin embargo, Molly se enamoró de él y antepuso esto a lo demás. Se casaron y tuvieron dos hijos, Lawrence y Catherine, viviendo precariamente a pesar de lo mucho que trabajaban. Molly seguía teniendo la esperanza de que las cosas mejoraran algún día y esto llegó cuando a Jim lo contrataron como superintendente en una de las minas de plata. Era un trabajador incansable, siempre buscando ideas que pudieran evitar los derrumbamientos en las galerías. Consiguió introducir un método que dio óptimos resultados y además sirvió para que los mineros se aventurasen a excavar en mayor profundidad, lo que hizo que se descubrieran yacimientos de oro y los directivos de la compañía se enriquecieran rápidamente. Como recompensa a su esfuerzo, legaron a Jim un tanto por ciento del capital y lo admitieron dentro del Consejo de Administración.



Se calcula que los Brown tuvieron de pronto cinco millones de dólares con los que Molly podía hacer lo que siempre había deseado. Comenzaron por viajar por el país para asistir a galerías de arte, librerías famosas y tiendas de moda. Más tarde, compraron una casa en Denver y se llevaron a vivir con ellos a los padres de ambos y a tres sobrinas. Molly era muy generosa con el dinero, quería ayudar a todo el mundo que lo necesitara, primordialmente a mujeres y niños. También anhelaba amistades aristocráticas porque quería aprender a comportarse en sociedad y frecuentar los ambientes culturales que tanto le agradaban. No tuvo mucho éxito en esto último pues la gente la veía como “una nueva rica”, algo que la desprestigiaba ante las familias más antiguas de la ciudad.
 
 
Molly no se amilanó. Junto a Jim, hizo un largo viaje por diferentes países del mundo mientras iba contratando a profesores que, entre otras cosas, le enseñaban francés y alemán, Historia, Arte y Dibujo. Los europeos no le pusieron tantas pegas y tuvo oportunidad de hacer amistades que le durarían toda la vida. Le encantó Francia y sus gentes y se hizo un hueco en la sociedad parisina durante el tiempo que estuvo viviendo en la capital.
Mientras tanto, Jim, que había vuelto a Denver porque echaba de menos su país, tuvo algunas aventuras que ella descubrió y la llevaron a solicitar el divorcio. Sin embargo, la pareja no llegó a divorciarse nunca, sólo se separaron, quedándose Molly con la casa y 700 dólares mensuales. Cuando regresó a Estados Unidos, continuó ayudando a los necesitados. Apoyó numerosas huelgas obreras y también a los movimientos sufragistas de la época. Como su hija estudiaba en La Sorbona de Paris, de vez en cuando volvía a Francia y desde allí emprendía otros viajes.

Eso hizo en 1912. Recogió a Catherine y juntas fueron a Egipto. Dicen que allí se encontró con Jacob Astor IV y su esposa Madeline, quienes le hablaron del Titanic, el lujoso barco en el que ellos iban a regresar a América. Molly no tenía fecha de vuelta, así que no prestó demasiada atención. Estaba, además, demasiado ocupada con la compra de antigüedades, algo que no podía dejar pasar. Tres cajas llenó y llevó de vuelta a Paris para donarlas al Museo de Denver. Antes, había acudido a un vidente que le había aconsejado no coger ningún barco pues su vida podría peligrar, pero Molly solía reírse de esas cosas y, entre bromas, se compró un talismán de jade que prometía dar buena suerte a quien lo llevara.

Ya en Paris, recibió una carta de su hijo diciendo que su nieto estaba enfermo y enseguida hizo las maletas. El Titanic la esperaba. El pasaje en primera clase le costó 27 libras y 14 chelines.
 
 

Después de la colisión con el iceberg, Molly estuvo ayudando a mujeres y niños a entrar en los botes salvavidas hasta que la obligaron a ocupar un asiento en uno de ellos. A lo lejos, mientras el barco se hundía, se peleó con el cabo a mando del bote para que regresara en busca de los que estaban ahogándose. Este, que temía que los que estaban en el agua pudieran volcar la nave, se negó rotundamente y Molly sólo pudo insultarlo con palabras que sus acompañantes no podrían olvidar fácilmente. No descansó en sus improperios hasta que la rescataron, y ni siquiera entonces, ya que en el mismo Carpathia redactó un informe de protesta hacia el cabo. Mientras, fue recogiendo dinero entre los de primera clase. Sabía que muchos habrían abierto sus cajas fuertes cuando les pidieron que abandonaran sus camarotes. Ella misma había cogido 500 dólares y el talismán de jade, aunque dejó un collar valorado en 350.000 dólares. Dio el dinero recaudado a los de tercera clase a la vez que les servía de interprete con el resto del barco.

Cuando llegó a Nueva York la gente la recibió como una heroína y ella aprovechó el momento para organizar la Comisión de supervivientes y recaudar fondos de ayuda. Al capitán del Carpathia le regaló su talismán. Luego declaró en la Comisión de Investigación y reiteró sus quejas ante el cabo que, según ella, pudo haber salvado a otras cuarenta personas como mínimo.
 
 

Años más tarde, al estallar la Primera Guerra Mundial, Molly viajó a Francia y estuvo ejerciendo de enfermera durante toda la contienda. En 1922 vio morir a Jim, el hombre que siempre fue su amigo. Ella misma murió en 1932, después de haber dejado su nombre como ejemplo de mujer fuerte, luchadora, inconformista e independiente.
 
 

 Sin embargo, siempre prefirió que la llamaran Maggie.

Pd. Hay un musical de 1964, dirigido por Charles Walters, llamado The Unsinkable Molly Brown – Molly Brown siempre a flote, en español -, que cuenta su vida de manera novelada. Es simpática de ver, con Debbie Reynolds y Harve Presnell de protagonistas.
 
 
Pd.2. Su casa de Denver es desde hace muchos años un museo.


Pd.3. Mi perra lleva su nombre.
 
 

 

lunes, 13 de marzo de 2017

Pájaros

Siempre he sentido una gran fascinación por las aves. Me encanta observar el colorido que desprenden  sus cuerpos aerodinámicos y esa sensación de libertad que deja a los que no podemos despegar los pies del suelo.







Hace muchos años, cuando vivía sola, un vecino que me conocía de toda la vida me regaló un canario. No tuve valor para decirle que detesto ver a los pájaros encerrados, así que se lo agradecí y me lo llevé a casa. Era una bolita amarilla adorable. Lo llamé Chaplin.




Le había comprado una jaula enorme, tal vez desproporcionada para su diminuto tamaño, y como pasaba muchas horas fuera de casa por el trabajo, me sentía culpable por dejarlo tanto tiempo solo. Por eso lo sacaba de su casita para que volase y se sintiera libre.
 Nunca lo intentó siquiera. Se limitaba a quedarse sobre mi mano, mirando alrededor y picoteando de vez en cuando algún grano que le ofrecía. Tampoco cantó jamás.




Un día, cuando volví a casa al atardecer, lo encontré muerto. Después de pensarlo mucho, lo enterré en un lugar de Algeciras donde mi colegio organizaba excursiones que para mí significaron horas de libertad maravillosas.
 Frente al mar sobre el que volaban miles de aves cada día. Dejé allí su cuerpo, pero me dio por pensar que su alma se lanzaba por fin a la aventura.






Desde entonces me limito a verlas en su hábitat natural y a fotografiarlas. Cuando me dejan, claro.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Me enamoré

Nunca me han hecho mucha gracia los gatos, tal vez porque la experiencia que he tenido con ellos no ha estado a la altura de los perros, a los que adoro. De todas maneras admiro su carácter independiente y la inteligencia que desprenden. También ese aura de misterio que encierran sus movimientos y que tanto han inspirado a escritores y directores de cine.
A éste lo conocí hace unas semanas, cuando paseaba por las afueras. Estaba jugando con el que seguramente sería su hermano. Me dio la impresión de que la madre los había dejado un rato solos mientras iba "a la compra". La escena me pareció tan divertida que enseguida saqué la cámara pero, como suele ocurrir, dejaron de jugar para observarme, probablemente intentando adivinar mis intenciones. El hermano se escondió rápidamente sin fiarse, pero éste me retó con una mirada que me inundó de ternura.
¿Existe la reencarnación?, me pregunté recordando a Bowie .


 

viernes, 19 de diciembre de 2014

¿Nos comemos un Belén?


La fábrica de Galleros Artesanos de Rute, en Córdoba, crea un lazo de unión entre la Navidad y el chocolate que todos los años sorprende a sus visitantes. Lo anuncian como El Belén de chocolate más grande del mundo, y probablemente sea verdad. Hacer una escapadita hasta el pueblo en estas fechas es algo esencial para muchísima gente. Docenas de autobuses llegan diariamente cargados de visitantes para contemplar un museo muy especial que no deja indiferente a nadie.
 
 

Antes de ver las obras de arte en chocolate se puede ver la fábrica a pleno rendimiento. A más de uno se le hace la boca agua ante el fuerte olor y las vistas de la elaboración de múltiples delicias.
 


Tres meses de trabajo y unos doscientos kilos de chocolate costaron realizar esta imagen de Isabel Pantoja.
 
 

¿A que nunca habéis visto el carro de Manolo Escobar convertido en comestible?




Y aquí el presentador Juan y Medio.


Los reyes actuales y los jubilados.




 ¿Podéis ver el ombligo de Letizia? La verdad es que me hizo mucha gracia.

Ahí tenéis a Pepa Pig hecha con chocolate de varios colores.


Este Bob Esponja de abajo, por ejemplo, está hecho con 150 kilos de chocolate blanco, un trabajo que realizaron dos maestros pasteleros durante tres semanas.
 


Y ya pasamos al Belén, maravilla de las maravillas. Todo, absolutamente todo, está hecho del dulce manjar de dioses. Contemplar cada casa, cada camino o detalle es una recreación para la vista.


 











Por supuesto no podía faltar la Sagrada Familia, esta vez enmarcada en un patio cordobés.
 



¿Y qué hacen después de Navidad con todo este chocolate? Pues lo funden en una chocolatada enorme para todos los colegios de la comarca.
 

 

jueves, 27 de noviembre de 2014

Por encima del Tajo



Que Toledo es una ciudad con mucha historia no se puede discutir. En cada calle o rincón se puede vislumbrar todo lo que ha sido España desde sus comienzos, el estilo de cada pueblo gobernante y de los habitantes que la vivieron. Este año, donde se conmemora el IV Centenario de la muerte de El Greco, es un placer visitar los museos, salas e iglesias que acogen sus obras. El pintor adoró Toledo hasta su último suspiro, por lo que dejó su impronta por doquier. Si podéis acercaros no os decepcionará el ambiente histórico que se respira vayas donde vayas, independientemente del gran maestro griego.

Un lugar que me ha encantado es El Alcázar.
 

 
Al principio pensábamos pasar un rato en él, pero al final nos quedamos más de cuatro horas. Esta fortificación se creó en el siglo III como palacio romano hasta que los visigodos lo convirtieron en residencia de su rey. Los musulmanes, aparte de darle el nombre – Al Qasar, que significa fortaleza – continuaron obrándolo para ocuparlo, algo que también hicieron los diferentes reyes que pasaron por la ciudad hasta los Reyes Católicos. Todos ellos, y los reyes sucesivos, ampliaron alas y torres convirtiéndolo en un gran edificio que reinaba toda la localidad.
Murallas de distintas épocas se conservan en buen estado.


 
 
Durante la guerra civil el general Moscardó lo convirtió en un mito franquista al resistir el asedio de los republicanos. Y he aquí como quedó su despacho tras las fuertes luchas por conquistar el edificio.
 


 

El famoso teléfono desde el que habló con su hijo, al que terminaron asesinando.



He aquí algunas cosas que se pueden ver en el museo dentro de El Alcázar.

 






El primer bombo para sorteo. Datado en 1839. 
 

 

Máquina cifradora alemana de 1931.



En este coche asesinaron a Eduardo Dato en 1921. Se hicieron más de cuarenta disparos aunque bastaron tres para acabar con el entonces presidente del consejo de ministros. En la parte trasera se pueden apreciar hasta catorce de estos disparos.
 

 


 
 

Esta foto de una concentración de ciclistas se hizo con la cámara que está junto a ella. Un pedazo de trasto que debe pesar lo suyo.

 

Soldaditos de juguete. ¡Me encantan!
 
 
 
 
 
 
Alguno de los instrumentos de Ramón y Cajal, presumiblemente aquellos que lo acompañaron a Cuba, donde ejerció de médico durante la guerra de 1873 a 1875.
 
 
 

Un recorrido lleno de curiosidades que nos encantó y se nos hizo corto.