miércoles, 20 de febrero de 2013

Un árbol crece en Brooklyn


Cuando leí hace unos años Un árbol crece en Brooklyn quedé fascinada por la historia. Me encantó leer la vida de aquella chiquilla de familia humilde cuya madre inculcó desde pequeña "que leer es lo único que puede sacar a la gente de la pobreza".  La abuela materna ya había insistido en ello cuando Frances Nolan y su hermano nacieron: si los niños leen diariamente un capítulo de una obra de Shakespeare y un versículo de la Biblia, a medida que crezcan podrán entender cualquier libro que caiga en sus manos.
 
 

Esto no es problema para Frances, que adora leer y todas las semanas va a la biblioteca pública a sacar un par de libros. Para ella no hay nada más fascinante que sentarse en las escaleras de emergencia de su edificio, a la sombra del único árbol que ha crecido en el patio, para adentrarse en el mundo de las historias que contienen sus libros. Y también para alejarse un poco de su propia vida, donde la madre pasa el día fregando suelos, el padre pierde trabajo tras trabajo a causa de la bebida y la pobreza del barrio y sus gentes la rodean.  A pesar de todo, Frances adora a su padre, un ser débil pero encantador que siempre la hace sonreír y también a su tía Sissy, una mujer algo alocada con la que su madre a veces tiene algunos altercados por el bien de los hijos.

Frances va creciendo mientras nos cuenta su vida y nos muestra un desfile de personajes entrañables, que pese a sus miserias y debilidades, consiguen enseñarle a vivir.
 
 

La historia es real. Su autora, Betty Smith relata su infancia plagada de dificultades pero también de esperanzas e ilusiones. El libro se publicó en 1943, alcanzando un gran éxito. Elia Kazan la llevó al cine en 1945 con una encantadora Peggy Ann Gardner haciendo de Frances y una impecable Dorothy McGuire como la madre. El actor que hizo de padre, James Dunn ganó un Oscar.
 
 
 

Como es natural, la película cuenta muchísimo menos que el libro pero aún así merece la pena verla. En España la titularon Lazos Humanos.
 
 

viernes, 15 de febrero de 2013

Esperando la primavera


Y los días pasan lenta e inexorablemente, que diría un escritor.

Mientras la rutina y yo seguimos dándonos la mano, las tardes se van alargando, lo que me recuerda que ya mismo llegará la primavera, que este año me promete aires de libertad que el invierno me ha vetado. Por ahora mi vida transcurre en mañanas de “cómo hacer tareas culinarias con dos muletas”, mediodías en rehabilitación y tardes creativas de lectura  y escritura. Hace dos semanas que también empecé a ir a las clases del Taller Literario y de vez en cuando doy paseos, algo que me ha hecho ver que incluso andando lentamente se llega a cualquier parte adonde quieras ir.

En cuanto a la lectura, he estado leyendo todo lo que ha caído en mis manos, incluyendo algunos clásicos como Rebeca de Daphne Du Maurier, No se lo digas a Alfred de Nancy Mitford y algunos de Agatha Christie.  Siempre es un placer para mí volver a leer esos libros que alguna vez me gustaron tanto.
 
 
 
También he disfrutado leyendo Todavía sueño contigo de Fannie Flagg, una escritora que siempre me hace sonreír y me deja con un buen sabor de boca.




El mapa del tiempo, de Félix J. Palma, me ha hecho volver a pensar que esa manía editorial de hacer que una historia tenga que tener trescientas y pico páginas cuando perfectamente puede condensarse en la mitad, es simplemente una manera de hacernos pagar más dinero por los libros. No sé si tengo razón o no, pero la cosa me mosquea un poco. La trama es muy buena y te engancha enseguida pero el ritmo es lento y repetitivo y el autor se va por los cerros de Ubeda cada minuto. En fin, estaba deseando terminarlo, la verdad.
 
 

Carmen Posadas, por el contrario, me gusta cada día más. El testigo invisible me ha parecido muy bueno. Me encanta que escriba historias basadas en hechos históricos interesantes, mezclando la realidad con la ficción de un modo muy atrayente.
 
 

Me obligué a leer Lunar Park, de Bret Easton Ellis, porque mis compañeros del Taller lo habían leído e incluso estuvieron hablando sobre él en mi primer día de clase este año. Cristina, nuestra profesora, nos explicó los motivos por los que este libro es considerado una obra de arte y aunque a algunos no les había gustado, otros expresaron su admiración y apuntaron la originalidad del escritor. Así que me puse manos a la obra y debo decir que sí, me ha gustado, pero por momentos la historia me pareció que imitaba algunas de Stephen King, uno de mis escritores preferidos.
 
 

El lustre de la perla, de Susan Waters, me ha sorprendido gratamente. Narra la historia de una chica humilde, hija de los dueños de un restaurante especializado en ostras, y una actriz. En la Inglaterra del siglo XIX, ambas se conocen por casualidad e inician una amistad que termina en relación romántica. La escritora nos va contando los complejos, temores y engaños que las dos van manteniendo mientras el ambiente de los teatros de variedades y la moral de la época rodean su mundo. Me ha parecido bastante interesante.
 
 

Ahora estoy terminando Lady Almina y la verdadera Downton Abbey, que aunque no he visto la serie de televisión me está pareciendo muy entretenido. Siempre me ha gustado esa época británica de finales del siglo XIX y principios del XX, tal vez debido a que he leído a muchos escritores ingleses durante toda mi vida. Además, nunca he olvidado esa serie de mi infancia que me encantaba, Arriba y abajo, y este libro tiene mucho que ver con ella por las similitudes en sus personajes y la atmosfera que los rodea.
 
 

Me quedan muchos por leer así que ya os iré contando.

 

sábado, 9 de febrero de 2013

La playa y yo


Mi hermana me envió esta foto de Algeciras hace unos días:
 
 
Desde entonces no puedo dejar de mirarla. Me encanta.

Adoro el mar y lo echo mucho de menos. Aunque lo tenemos relativamente cerca- estamos solo a cincuenta kilómetros de Málaga- es un fastidio tener que conducir hasta allí siempre que nos apetece respirar la brisa marina. Me gustaría salir de casa y tenerlo tan cerca como cuando vivíamos en Algeciras, Málaga o Melilla, pero mientras eso no pueda ser, al menos hay días que podemos acercarnos a la costa y disfrutar de un paisaje como este:
 
 
 
 
 
 

Es Torremolinos, la playa de La Carihuela. Estaba demasiado tranquila, la mayoría de los chiringuitos  cerrados y había poca gente paseando por el Paseo, solo unas cuantas familias y algunos guiris en pantalones cortos y chanclas. Hemos disfrutado muchísimo el paseo mañanero, con el mar de un color precioso y una temperatura como para estar en mangas de camisa. Y yo he estado haciendo ejercicio con las muletas todo el rato, un duro esfuerzo que me han recompensado con una invitación a pescadito frito y una Coca-cola light bien fresquita. ¿Se puede pedir más? Si, hacer esto todos los días, jajajaja

sábado, 2 de febrero de 2013

El cine Mirador


 
Un amigo me envió esta cartelera de cines hace algún tiempo. Era cuando en Algeciras había muchos cines, varios en el centro y prácticamente uno en cada barrio. De todos ellos ya no queda ninguno, ni siquiera uno que se haya convertido en un edificio reliquia que el ayuntamiento pueda convertir en algo acorde a los tiempos, como ha ocurrido en Málaga con alguno de los suyos. Si algo ha caracterizado a los gobernantes que han pasado por Algeciras es su falta de sensibilidad ante ciertos lugares que un día fueron emblemáticos en la ciudad. Por fortuna, últimamente hay gente que lucha contra ello y tengo esperanzas de que a partir de ahora se tenga más cuidado con el patrimonio urbanístico.

Pero yo quería hablaros de la cartelera. Como podéis ver corría el año 1973 y la entrada más cara costaba 25 ptas. y 12 la más barata. Las películas son tan entrañables como inolvidables, la mayoría pensada para los más habituales en las salas: los niños. Yo era muy pequeña entonces pero ya me dejaban ir sola al cine de verano de mi barrio, El Mirador. Por entonces los niños nos movíamos más fácilmente por las calles, seguramente porque casi todos los adultos nos conocían. Si te portabas mal, no era raro que la vecina del tercero te regañase como si fuera tu madre, y si tenías algún problema enseguida salía alguien conocido al paso para echarte una mano.

A mí me encantaba aquel cine e iba casi todas las noches durante las vacaciones. El portero era un conocido de mis padres por lo que siempre me dejaba entrar gratis y si estaba de buenas, también colaba a alguna de mis amigas. Dentro había las típicas sillas de madera características de aquel tiempo, si te movías mucho podía cerrársete con el consiguiente mosqueo de los espectadores de atrás. Antes de la sesión, mis amigos y yo nos aprovisionábamos de chucherías en el kiosco del fondo: pipas, regaliz negro y rojo, chicles “Joe Bazooka”, altramuces… Cuando empezaba la película nos callábamos expectantes, atentos a aquella pantalla que durante una hora y pico nos deleitaba con grandes aventuras. Mientras, íbamos intercambiando las viandas unos con otros, casi sin mirarnos, simplemente alargando la mano a derecha e izquierda y agarrando aquello que por el olor sabíamos que íbamos a encontrar en la mano del compañero. Si todo aquel caudal de sal y azúcar nos daba sed, teníamos que levantarnos rápidamente para no mosquear a los de atrás y correr de nuevo al kiosco, donde el dueño nos servía Casera en un vaso de cristal que él mismo fregaba después de cada visitante. O eso pensaban nuestras madres, que yo nunca lo vi. No recuerdo cuanto costaba ese sabroso vaso que bebíamos rápidamente, a pesar de las burbujitas, para volver enseguida a nuestro asiento.

En ese cine vi grandes comedias, largas epopeyas históricas y dramas que hacían lagrimear a las señoras. Me enamoré de héroes valerosos y soñé con viajes en el tiempo, aventuras en el desierto y naufragios en alto mar. Mis amigos y yo vivíamos cada noche de esos veranos como si no existiera otra cosa que aquella vida que se nos presentaba en Tecnicolor.

A la salida del cine, la realidad de la vida no nos impedía seguir inmersos en la película. Hablábamos de ella, recitando algunas frases, imitando a los personajes que se quedarían siempre en nuestra mente infantil, jugando a ser ellos. Si no habíamos gastado todo el dinero, el olor a pan recién hecho de una panadería cercana nos tentaba a retrasarnos, parándonos a comprar un bollito que nos quemaba las manos y que íbamos comiendo de camino a casa. Era una delicia cuyo sabor aún retengo en mi memoria.

Es curioso lo que una simple cartelera antigua puede llegar a decirte.



Hoy, el amigo que me envió esta joya y que fue unos de los compañeros que compartió conmigo algunas de estas vivencias, ha tenido una gran pérdida y yo no dejo de pensar en él. Cuando la vida te golpea bien fuerte el dolor es inaguantable,  lo entiendo muy bien. En esos momentos desearías volver a ser un niño, sentado en un cine de barrio, comiendo chucherías con tus amigos y riendo por cualquier cosa. Por desgracia esto no es así.

Animo Javi, espero que te quedes con los buenos momentos y olvides los malos. Como te he dicho, ahora te cuida desde el cielo. Un abrazo.

  

 

  

lunes, 28 de enero de 2013

Una de cremas


Siempre había una lata en casa cuando yo era una niña.
 
 

Recuerdo que por entonces veía a mi madre echársela en la cara en invierno, cuando el frío arreciaba y la piel se volvía más sensible. La madre de una amiga mía presumía de no usar ninguna otra crema y de tener el cutis perfecto gracias a ella. Por aquellos tiempos, en verano, a los niños nos embadurnaban con ella cuando regresábamos de pasar un largo día de sol en la playa. Para calmar la piel, decían los mayores. Yo la soportaba porque a cambio del suplicio que me suponía estar quieta mientras mi madre me la untaba por todo el cuerpo, tenía esta maravillosa pelota con la que jugábamos mis amigos y yo.
 
 
 
 
A los dieciséis años tuve un brote de psoriasis y aparte de algunas pomadas que me recetó el dermatólogo, procuraba aplicarme  la crema Nivea por aquellas zonas donde las placas estaban más rebeldes. Siempre me funcionó muy bien, aunque también he de decir que el mar y el sol me ayudaron bastante.

Cuando me quedé embarazada, las dos veces, volví a embadurnarme la piel con ella para cuidar la aparición de estrías, sobre todo en la barriga.  Me lo aconsejó una matrona que daba clases de gimnasia pre-parto y que, según decía, siempre había utilizado esta crema. No sé si fue el efecto de Nivea o mi piel, pero el caso es que conseguí no tener estrías en ninguno de los embarazos.

Al igual que mi abuela, mi madre y todas aquellas señoras sabias que he conocido a lo largo de mi vida, me acostumbré a tener la lata azul de toda la vida siempre en casa, preparada para cuando la pudiera necesitar. Con el tiempo,  he ido probando otras cremas corporales y faciales, por supuesto, algunas de precio mucho más elevado, pero he procurado usar esta para las manos cuando se me ponían muy secas o cuando aparecía de nuevo una invasión de placas de psoriasis. También las usé con mis hijos, sobre todo cuando volvíamos de la playa, al igual que mi madre hacía conmigo.
 
 
Durante todos estos años he oído tonterías como que la Nivea te hace crecer el vello – siempre que oigo esto pienso en lo tontos que son entonces los calvos, que no se rebozan en ella- o que en su composición tiene no-sé-cuantos ingredientes que producen cáncer de piel. Supongo que si la utilizas para tomar el sol, como no tiene protección alguna, te expones a esa enfermedad y a una quemadura de tercer grado. Pero en fin, rumores aparte, siempre digo que la Nivea es una crema como otra cualquiera. Más espesa que otras, si. Más barata también, me imagino que esto depende mucho del nivel de promoción, etc.… Pero con ese encanto que le da el llevar más de un siglo entre nosotros.

 
 

Si cuento todo esto es porque hace días, después de que mi pierna fuera despojada de las vendas donde había estado aprisionada,la fisioterapeuta que me ayuda en la rehabilitación, una chica joven, me dijo:

-         Huy, mejor que uses crema, pero la Nivea de toda la vida, la de la lata azul.

Y es que la pierna daba penita verla, seca como una mojama. Cuando me la vi así, después de mes y pico, casi me da algo. Esa misma noche, después de la ducha, me eché “pegotones”, literalmente, por toda la pierna hasta que la dejé pegajosa como una tostada con mantequilla. Al día siguiente, libre de pellejitos, la fisioterapeuta me dijo:

-         ¿Te has pasado la noche dándote con un cepillo?

Porque mi pierna aparecía lustrosa como el culito de un bebé. Desde entonces me la pongo todos los días y el buen resultado es evidente. Tanto que no dejo de recordar a todas esas mujeres de las que oía hablar sobre la crema cuando era pequeña. Y como a medida que vas cumpliendo años aprendes a valorar los remedios más simples, estoy por hacer como mi abuela, mi madre y sus amigas: olvidarme de otras marcas que te prometen  milagros que luego no se cumplen y usar la Nivea de la caja azul, la de toda la vida, para todo.
 
 
PD: Y encima no testan en animales, que esto también me parece importante.

viernes, 25 de enero de 2013

Un osito muy especial



 “La fabulosa historia de Henry N. Brown" es uno de esos libros que antes de comenzar a leer ya estás predispuesta a que te guste. O al menos eso me pasó a mí. Porque la idea de que el protagonista fuese un lindo y suave oso de peluche me parecía de lo más tierno.

Henry es un oso que nace en 1921, comenzando su andadura de juguete de compañía en Bath, Inglaterra. El piensa que es algo más que un simple peluche ya que ha oído que su creadora le ha puesto corazón. Así, sabiendo que el amor vive en su interior, Henry nos va contando la historia de su vida, donde es testigo de numerosas aventuras: un viaje al Nueva York de entreguerras, la amenaza del nazismo y el comienzo de la 2ª Guerra Mundial en Paris, la terrorífica guerra en Alemania, la postguerra en diferentes ciudades europeas, la década de los cincuenta y también la de los sesenta… Así, poco a poco, Henry nos muestra todo un siglo de historia hasta llegar a nuestros días, presentándonos en el recorrido a toda una serie de personajes con los que convive como uno más. Ya se sabe que a veces los niños se cansan de sus juguetes, otras los pierden. Henry, que no puede hablar ni demostrar lo que siente, se resigna a su destino y solo espera consolar con su suave cuerpecito a todo el que lo quiera abrazar.
 
 

Tengo que decir que el personaje del oso está bien logrado, que consigue transmitir toda la ternura que la escritora, Anne Helene Bubenzer, intenta plasmar haciéndolo narrador de 300 y pico páginas que se leen con facilidad. Sin embargo, me ha cansado un poco la similitud de algunas de las protagonistas, así como la relación que mantienen con el peluche. Creo que hubiese sido mucho más interesante que le hubiese dado mayor profundidad a las historias, haciendo que las tramas políticas y sociales fuesen más reales. Pero supongo que entonces el paseo hubiese sido más largo y complicado.
 
 

Si quieres pasar un buen rato leyendo un libro sin complicaciones, delicado y lleno de valores, este te va a gustar.

lunes, 21 de enero de 2013

50 vomitos de Grey


No iba a leerlo. Normalmente me echa un poco para atrás esos libros que son número uno en ventas. Sin embargo, después de que me hablasen de él a todas horas y de que alguien me lo pasara al e-book, me puse a ello este domingo.

El primer vomito llega cuando comienzo a leer y descubro a una protagonista virginal, de esas tan valoradas en siglos pasados, una chica de veintiún años que nunca ha roto un plato ni ha ligado en su vida y ni siquiera se ha enamorado en el instituto. Eso sí, a pesar de ser tan atractiva que va despertando pasiones allá donde va. Supongo que hay escritores que no tienen otra forma de describir a una mujer con valores como no sea haciendo una imitación de esa sosa, torpe y manejable espécimen que es Bella, la de Crepúsculo. Porque ambas son tan parecidas que por un momento pensé que me había equivocado de lectura.

El segundo vomito llega con la pareja, un tipo millonario guapo y encantador, típico galán posesivo que se enamora perdidamente de ella porque la ve tan inocente y pazguata que piensa debe protegerla de todo mal que pueda acecharla en este mundo. El tipo dice frases como esta:

-         Bueno, si fueras mía, después del numerito que montaste ayer no podrías sentarte en una semana. No cenaste, te emborrachaste y te pusiste en peligro.

¡Toma ya! Sí, ella había bebido más de la cuenta por primera vez en su vida – era el día de su graduación o algo parecido- y el peligro era un amigo de toda la vida que intenta besarla en la puerta del bar. Por supuesto ella se resiste como puede, sin éxito, y no es hasta que llega el millonario para salvarla cuando todo se resuelve. Porque claro, ella es incapaz de arreglar sus asuntos, pobrecillas mujeres que no sabemos ir solas por el mundo y por eso deben castigarnos con una buena tunda.

Confieso que a partir de esa frase ya no soy imparcial. A partir de ese momento se que no voy a terminar la historia, pero aguanto un poco más porque entonces descubro que el señor perfecto es sadomasoquista y quiero ver hasta dónde puede llegar el despropósito de la escritora. Y sí, lo descubro.

El tercer vomito es más de aburrimiento que otra cosa. Comienza un maratón sexual donde él la desvirga, intentando someterla mientras ella se deja hacer porque la pasión que siente es superior a todo lo que ha vivido en su vida.

-         Si supieras lo que me gustaría hacerte….

-         Tendré que darte unos azotes si vuelves a morderte el labio…

-         Ahora es cuando tendré que castigarte…

Y sí, a él le va el sado y ella intenta seguirle el rollo porque lo ama, dispuesta a sufrir cualquier cosa con tal de no perderlo, qué porras, que las mujeres por amor soportamos todo. ¡Es tan absurdo todo! Y está tan mal escrito, con tantos tópicos, que al fin dejo de leer. No, no voy aguantar más, lo siento.

No tengo nada en contra de los libros eróticos- hay algunos muy buenos- y tampoco de los que hablan sobre prácticas sexuales menos comunes, pero si leo alguno de ellos quiero que tengan una historia que contar y unos protagonistas creíbles, no que sea una novelita de amor tocada con tintes picantes y tanteando un tema que solo sirve para llenar páginas.
 Chapó por quienes disfruten con el libro, pero lo que es a mí me ha parecido un rollazo como la copa de un pino. Y no tengo ganas de seguir vomitando.